Género
y colonialidad: en busca de claves de lectura y de un vocabulario estratégico
descolonial (*) Rita Laura
Segato Hacia un pensar interpelado y disponible. La pregunta que hoy nos
convoca a discurrir sobre las prácticas descoloniales que fluyen a
contracorriente de un mundo totalizado por el orden de la colonialidad
es tan amplia que otorga una gran libertad para responderla. La reformulo de
esta manera: ¿Por dónde se abren las brechas que avanzan, hoy, desarticulando
la colonialidad del poder, y cómo hablar de ellas? ¿Qué papel tienen las
relaciones de género en este proceso? La parte inicial de mi exposición me
conducirá más tarde a tratar del tema que en especial me fue solicitado: examinar el cruce entre
colonialidad y patriarcado y las originaciones que de éste se derivan: el
patriarcado colonial moderno y la colonialidad de género, en el contexto
de la lucha por las autonomías. Llegaré a ese tema, en la segunda parte de mi exposición, a partir de
una breve revista a dos de mis inserciones y participaciones en el feminismo y
la lucha indígena, que me permitieron percibir cómo las relaciones de género se
ven modificadas históricamente por el colonialismo y por la episteme de la
colonialidad cristalizada y reproducida permanentemente por la matriz
estatal republicana. Mi camino expositivo acompañará, por lo tanto, la
secuencia de hallazgos que me condujeron a mi actual comprensión de las
relaciones entre colonialidad y género, y al mismo tiempo mostrará la tendencia
descolonial de mi propia práctica académica. Estoy convencida de que si mi
estrategia retórica no fuera esa, perdería capacidad comunicativa al tratar de
proponer un modelo de comprensión de las relaciones de género en la atmósfera
colonial moderna. (*) De Próxima aparición en Quijano, Aníbal y Julio Mejía
Navarrete (eds.): La Cuestión Descolonial. Lima: Universidad Ricardo Palma -
Cátedra América Latina y la Colonialidad del Poder, 2010 Mi procedimiento es la
“escucha” etnográfica. Por formación soy antropóloga, que es una profesión que
en algunos círculos y en algunas aldeas se ha vuelto casi una mala palabra
porque esta disciplina practica y emblematiza como ninguna el distanciamiento y
el extrañamiento que Castro Gómez ha propuesto llamar “hybris del punto cero”,
al mismo tiempo que se encuentra en el presente en un repliegue disciplinar que
raya en el fundamentalismo. Entonces
¿cómo el camino descolonial me alcanzó en mis prácticas disciplinares,
académicas? Progresivamente haciéndome usar la caja de herramientas de
mi formación de una forma invertida, o sea, de una forma que definí como una
“antropología por demanda”, que produce conocimiento y reflexión como respuesta
a las preguntas que le son colocadas por quienes de otra forma serían, en una
perspectiva clásica, sus “objetos” de observación y estudio, primero de una
forma inadvertida, y después teorizada (Segato 2006). En otras palabras: lo que
da contenido a mi posición de sujeto investido en la construcción de una marcha
descolonial, en este momento, se deriva de las exigencias que me fueron
colocadas por demandas, a las cuales he venido respondiendo. Me valdré aquí de
dos de estas convocatorias para introducirme en el tema, porque éstas me
llevaron con el tiempo a una comprensión situada del conjunto de relaciones estructuradas
por el orden de la colonialidad y me exigieron construir argumentos e inclusive
a formular algunos conceptos que desmontan, desconstruyen, esquemas y
categorías muy establecidos. Llevan, también, ciertos nombres a la quiebra y a
la obsolescencia. Términos como cultura, relativismo cultural, tradición y
pre-modernidad se fueron mostrando, en este camino, palabras ineficientes para
lidiar en esos frentes. No tendré mucho tiempo aquí para detallar los sucesos
de esa pérdida progresiva de vocabulario, pero bastará esbozar algunos
resultados de esa búsqueda por un nuevo conjunto de conceptos que me
permitiesen llevar adelante argumentos capaces de responder a las demandas de
me fueron presentadas. Que quede claro que esa obsolescencia de las palabras habituales
con que antropólogos y también activistas han hablado no se dio por un
voluntarismo, sino por necesidad del embate argumentativo. Quiero advertir
también que mi contribución aquí, por lo tanto, se diferencia de la de mis
colegas, porque no es ni exegética, ni de sistematización, ni mucho menos
programática, sino eminentemente práctica, como elaboración teórica empeñada en
municionar una práctica contenciosa. Feminicidio: síntoma de la barbarie del género moderno En 2003 fui
convocada a pensar para conseguir dar inteligibilidad a los numerosos y
extremamente crueles asesinatos de mujeres que ocurren en la Frontera Norte
mexicana. Se trata de los crímenes hoy conocidos como feminicidios, y que
representan una novedad, una transformación contemporánea de la violencia de
género, vinculada a las nuevas formas de la guerra. La humanidad hoy testimonia
un momento de tenebrosas innovaciones en las formas de ensañarse con los
cuerpos femeninos y feminizados, un ensañamiento que se difunde y se expande
sin contención. Guatemala, El Salvador y México, en nuestro continente, y Congo
dando continuidad a las escenas horrendas de Ruanda, son emblemáticos de esta
realidad. En Congo, los médicos ya utilizan la categoría “destrucción vaginal”
para el tipo de ataque que en muchos casos lleva a sus víctimas a la muerte. En
El Salvador, entre 2000 y 2006, en plena época de “pacificación”, frente a un
aumento de 40% de los homicidios de hombres, los homicidios de mujeres
aumentaron en un 111%, casi triplicándose; en Guatemala, también de forma
concomitante con el restablecimiento de los derechos democráticos, entre 1995 y
2004, si los homicidios de hombres aumentaron un 68%, los de mujeres crecieron
en 144%, duplicándose; en el caso de Honduras, la distancia es todavía mayor,
pues entre 2003 y 2007, el aumento de la victimización de los hombres fue de
40% y de las mujeres de 166%, cuadruplicándose (Carcedo 2010: 40-42). La rapiña
que se desata sobre lo femenino se manifiesta tanto en formas de destrucción
corporal sin precedentes como en las formas de tráfico y comercialización de lo
que estos cuerpos puedan ofrecer, hasta el último límite. La ocupación
depredadora de los cuerpos femeninos o feminizados se practica como nunca antes
y, en esta etapa apocalíptica de la humanidad, es expoliadora hasta dejar solo
restos. Esta demanda me llevó a percibir que la crueldad y el desamparo de las
mujeres aumenta a medida que la modernidad y el mercado se expanden y anexan
nuevas regiones. A pesar de todo el despliegue jurídico de lo que se conoce,
desde la Conferencia Mundial sobre Derechos Humanos de 1993, como “los derechos
humanos de las mujeres”, podemos sin duda hablar de la barbarie creciente del
género moderno, o de lo que algunos ya llaman “el genocidio de género”. La
falsa disyuntiva entre los derechos de las así llamadas minorías – de niños,
niñas y mujeres – y el derecho a la diferencia de los pueblos indígenas. Dos
temas que aquí presento conjuntamente, por constituir problemas análogos. Un
tema muy neurálgico en este momento en Brasil, cuyo tratamiento requiere
delicadas maniobras conceptuales y una gimnasia mental considerable, pues se
presenta como una ofensiva en defensa de la vida de los niños y niñas
indígenas, pero amenaza las luchas por el derecho de los pueblos a construir su
autonomía y su justicia propia. Se trata de un proyecto de ley específica de
criminalización de la práctica adaptativa, eventual y en declinación del
infanticidio, propuesto por el frente evangélico parlamentar. Ese proyecto de
ley en Brasil propone la supervisión y la vigilancia por agentes misioneros y
de la seguridad pública, que redoblan su capacidad interventora de la aldea.
Ésta pierde así su privacidad y se vuelve transparente al ojo estatal. Una vez
más en el mundo colonial, la pretendida salvación de los niños es la coartada
fundamental de las fuerzas que pretenden intervenir a los pueblos mediante la
acusación de que someten a su propia infancia a maltrato. El desafío residía,
en este caso, en defender el derecho a la autonomía de los pueblos aun
considerando, en un contexto de colonialidad, que al amparo de esas autonomías
ocurren algunas prácticas inaceptables en el discurso occidental y moderno de
los Derechos Humanos, como por ejemplo la eliminación consciente de vidas
indefensas. Sin duda, el haz de luz que ilumina hoy en día esa práctica
escasamente representativa de la vida de las aldeas forma parte, en Brasil, de
un poderoso argumento anti-relativista y anti-indígena que pretende
descalificar y desmoralizar a los pueblos para mantenerlos bajo la tutela
interesada del mundo blanco. Recibí, entonces, la convocatoria de colaborar en
esta contienda ayudando a pensar cómo defender sociedades acusadas de practicar
infanticidio o de no considerarlo crimen y, a partir de esta demanda, como mostraré,
me vi obligada a construir un discurso que no recurre ni al relativismo
cultural ni a las nociones de cultura y tradición que solemos utilizar para
defender la realidad indígena y las comunidades en América Latina, como también
no apela al derecho a la diferencia, sino al derecho a la autonomía, como un
principio no exactamente coincidente con el derecho a la diferencia, ya que
permanecer diferente y nunca coincidir no puede tornarse una regla compulsiva
para todos los aspectos de la vida y de forma permanente.
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